En la primavera boreal de 1968, los integrantes de la Big Brother & The Holding Company, con Janis Joplin a la cabeza, se alojaron en el Chelsea Hotel. Además de beber y celebrar noches legendarias, tenían un trabajo por hacer: grabar el clásico 'Cheap Thrills'.

 

Ojo. Cheap Thrills es una estafa. Después de su célebre performance en el Monterey Pop Festival, los ejecutivos de Columbia Records se metieron en los camarines de la Big Brother y tiraron un contrato sobre una mesa repleta de botellas Guinness. Los tipos querían un disco en vivo. Grabaron sus conciertos de marzo en el Fillmore East de Nueva York, pero, por alguna razón, los registros no capturaron a la banda en su plenitud. Los melenudos no se hicieron historia. Se instalaron en el Chelsea Hotel y, en complicidad con el productor John Simon, urdieron un plan maestro: metieron la introducción de Bill Graham como maestro de ceremonias, aplausos y aullidos al final de cada una de las canciones y ¡voilà! Ahí tenés tu disco en vivo.

Excepto “Ball and Chain” (tomada de una performance en el Fillmore), todas las canciones fueron grabadas en los Columbia Recording Studios entre el 2 de marzo y el 20 de mayo de 1968. El artificio, sin embargo, no solo ponía al descubierto que todo disco es un montaje, sino que era visceralmente honesto con la música. La Big Brother, por ejemplo, no era una banda ajustada. Tampoco tenía virtuosos. Sam Andrew (guitarra), Peter Albin (bajo), Dave Getz (batería) y James Gurley (guitarra) formaban un carromato gitano que, en el corazón de la caravana, llevaba a su reina cubierta de inciensos y ropa de segunda mano. Janis Joplin era una paria de Porth Arthur que, durante buena parte de su adolescencia, había sido cruelmente segregada por su arrojo beatnik. “Creyeron que estaba loca –dijo–. No les caía muy bien porque ya sabés cómo son en las pequeñas ciudades. Te casás cuando terminás la escuela, tenés muchos hijos y te callás, ¿verdad? Yo no hice nada de eso”.

Su viaje a San Francisco fue casi religioso. En el corazón de la contracultura, “el chico más feo del colegio” (como la escogieron sus compañeros de la fraternidad) encontró la redención y se convirtió en el ícono femenino de la realeza de Haight Ashbury. El dolor, por supuesto, nunca se desvaneció. Como Odetta o cualquiera de sus amadas blueswomen, ese sentimiento se transformó en el combustible primordial de su obra.  

Entonces Janis Joplin no era una cantante, era una fuerza de la naturaleza. Desatada, en el peor de los casos, podía caer en momentos de autoindulgencia. En el mejor de los casos, era devastadora como solo puede serlo un tifón. Cuando se desgarraba, su voz parecía concentrar una columna de aullidos que venían desde el fondo de la noche de los tiempos. Su canto, en ese sentido, no produce escalofríos: es un escalofrío.

El primer disco de la Big Brother, grabado para Mainstream Records, malgastaba su poder. Como si la banda –del mismo modo que la selección argentina y Messi– aún no se decidiera a girar alrededor de su estrella. Aunque suena asimétrico y levemente caótico, el repertorio de Cheap Thrills estaba cosido a la medida. Cuatro composiciones propias (entre ellas “Turtle Blues”, una canción de Janis en la línea de Bessie Smith) y tres suculentas versiones del songbook americano: “Summertime”; “Ball and Chain”, de Big Mamma Thornton; y “Piece of My Heart”, de la dupla Berns/Ragovoy.

La banda logró reimaginar una página tan transitada como la pieza de los Gershwin y transformar en hit un oscuro single de Erma Franklin, pero el párrafo aparte lo merece “Ball and Chain”. Durante casi diez minutos, Janis desteje las emociones del tema hasta encontrar su núcleo indivisible. La escalada es ardua y, como diría Mostaza, paso a paso. De la misma forma que Coltrane y sus ensambles, Janis y la Big Brother utilizan el blues para alcanzar un grado de comunicación superior. Con el público, entre ellos, cada uno consigo mismo. Es un milagro.

La banda propuso como título Sex, Dope and Cheap Thrills y, para la tapa, un desnudo grupal sobre una cama king size. Columbia rechazó no una, sino las dos ideas. Se quedaron con Cheap Thrills, y Janis, que le había encargado la contraportada a su admirado Robert Crumb, insistió para llevar su dibujo directamente al frente. “Me sentí halagado y necesitaba el dinero, así que lo hice –dijo el ícono del cómic contracultural–. Por supuesto lo querían para algo así como el día siguiente, así que me tomé algo de speed y trabajé toda la noche. Recuerdo terminarlo después de que saliera el sol”.

El disco llegó a las bateas el 12 de agosto de 1968. “Piece of My Heart” pisó fuerte en el top 40 y las ventas se dispararon hacia la estratósfera. Janis Joplin alcanzó estatus de celebridad y, como siempre, los vampiros empezaron a calentarle la oreja con sus consejos: “Dejá a esos melenudos, no los necesitás, hacete solista”. Janis dudó y dudó. Su corazón, para esa altura, ya era una leyenda.

Una de aquellas turbulentas noches del Chelsea coincidió en el ascensor con el inquilino de la habitación 424: un poeta de Montreal que trataba de hacerse un lugar entre los cantautores. Venía de comer una hamburguesa con queso y estaba desanimado, pero la visión de esa chica salvaje le otorgó una dosis de coraje. “¿Estás buscando a alguien?”, preguntó Leonard Cohen. “Sí –le contestó Janis–, estoy buscando a Kris Kristofferson”. Aunque estaba claro que ese judío treintañero no era el galán detrás de “Me and Bobby McGee”, el tipo no se amedrentó. “Estás con suerte –le dijo–, yo soy Kris Kristofferson”.

La historia que sobrevino es conocida. Pasaron la noche juntos en un cuarto del hotel ubicado en el 222 de la West 23rd Street y, después de un comentario hiriente de Janis (“Así que estás acá para leerles poesía a las viejas”), Cohen devolvió el estiletazo con su “Chelsea Hotel Nº 2”. La canción, que pretendía ajustar un poco las cuentas, también pintaba el ambiente de “los trabajadores de la canción” y lograba –acaso involuntariamente– un retrato extraordinario. Ahí, la muchacha de Porth Arthur lucía bellísima. “Me dijiste de vuelta que preferías a los hombres apuestos, / pero harías una excepción por mí. / Y apretando el puño por las personas como nosotros, / que están oprimidas por los modelos de belleza, / te arreglaste un poco y dijiste: ‘Bueno, como sea, / somos feos, pero nosotros tenemos la música’”.

No eran emociones precisamente baratas.